20
Jul

Dr. Javier Carrillo Hermosilla, Director Ejecutivo del Centro para la Gestión Eco-Inteligente en el Instituto de Empresa.
Mirra.jpg Los directivos que aspiran a crear un modelo de negocio ambientalmente sostenible, se enfrentan a una complicada tarea. Nuestra economía industrial actual se estableció y evolucionó sin esta presión de la sostenibilidad. Cuando en el siglo XIX los líderes de la revolución industrial, como Ford, Edison y Vanderbilt, descubrieron la electricidad o fabricaron el primer automóvil, la sociedad no mostraba demasiada preocupación por el cuidado de la naturaleza. De hecho, en el siglo XIX la mayoría de estos gigantes industriales no podían siquiera imaginar que la actividad humana dañaría de modo irreversible el medio ambiente. Hoy día, sin embargo, somos mucho más sensibles acerca del impacto de las actividades industriales sobre los ecosistemas. Y lo somos porque disponemos, además, de una eco-inteligencia que no teníamos en el comienzo de la economía industrial moderna.
El actual desafío para los empresarios reside en la incorporación de esta eco-inteligencia en nuestros productos y procesos de manufactura. Al comienzo de los años 1970, la estrategia de abordar los problemas de contaminación mediante el tratamiento de las emisiones en las chimeneas y desagües de las factorías se convirtió en la aproximación estándar al impacto ambiental de la actividad productiva. Era la solución más sencilla, ya que no requería cambios importantes en las operaciones de manufactura existentes, tan sólo añadir un sistema que captara y tratara la contaminación al final del proceso. Estas soluciones, denominadas “de final de tubería”, suponen hoy día alrededor del 80% de los gastos de control de contaminación de las compañías en las economías industrializadas. El problema de estas “soluciones”, además de su discutible eficiencia en términos ambientales, es que son costosas y no añaden valor a los bienes producidos. Más importante, tan sólo están tratando los síntomas del problema, no la raíz de sus causas, que reside en el diseño fundamental de los productos industriales.
A la luz del progresivo deterioro ambiental al que asistimos, es evidente que no podemos permitirnos mantener un mal diseño mediante mejoras incrementales de los sistemas existentes. Los diseños ambientalmente erróneos pueden hacerse “menos malos”, pero tan sólo su replanteamiento permite hacerlos inherentemente seguros y eco-inteligentes. La eco-inteligencia debe ser incorporada al comienzo de la fase de diseño, no es algo que se pueda añadir al final. Hacerlo no significa necesariamente sacrificar la estética, renunciar a la funcionalidad o incrementar los costes. De hecho, los productos que incluyen entre sus criterios de diseño la eco-inteligencia son percibidos como de mayor calidad o valor.
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Encontramos algunos ejemplos de éxito en el “Modelo U” de Ford, en la premiada silla de oficina “Mirra” de Herman Millar, en el tejido “Climatex Lifecycle” de Rohner o en el calzado “Wabi” de Camper. Se trata de compañías que están a la vanguardia de la llamada “Nueva Revolución Industrial”. Estas compañías están volviendo al tablero de diseño para crear nuevos productos que incorporan la eco-inteligencia desde el principio del proceso de innovación. El “Modelo U” (siguiendo al famoso “Modelo T”) de Ford Motor Company es un nuevo concepto de automóvil que ofrece todas las comodidades y funcionalidades de un vehículo normal, pero que ha sido diseñado evitando desde el principio todos los aspectos ambientalmente dañinos. Se trata de una visión de coches fabricados completamente a partir de materiales que tienen un impacto positivo en las personas y en el entorno ambiental; sus componentes son elaborados y ensamblados de modo que puedan separarse cuando el automóvil es desensamblado, y son devueltos a la tierra o a la industria; los polímeros y metales son recuperados y reciclados con el mismo o mejor nivel de calidad, para su uso generación tras generación de vehículos; los motores son alimentados con energía que se deriva del sol, y no producen contaminación. Claramente, el éxito de un vehículo eco-inteligente abriría el camino para eliminar numerosos problemas ambientales en torno a la industria del automóvil.
camper wabi.jpg
El desafío se encuentra en implementar la eco-inteligencia a escala global. Si hubiéramos dispuesto de la actual eco-inteligencia en el siglo XIX, es indudable que habríamos diseñado una economía industrial muy diferente de la actual. Los gestores de hoy deben enfrentarse a este desafío de rediseñar sus industrias al completo para incorporar la eco-inteligencia. La recompensa puede ser el éxito empresarial y el reconocimiento de convertirse en el Henry Ford de la nueva revolución industrial.

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